Interesante artículo en XL SEMANAL

La sobreprotección de los padres a examen

Con la mejor de las intenciones, los padres intentan evitar los riesgos a los que un niño tiene que hacer frente cuando juega o va al colegio. Pero con ello reducen su capacidad para gestionar el miedo, enfrentarse a una amenaza o explorar por su cuenta. Los resultados de la protección excesiva ya se están analizando y no son positivos. Una nueva tendencia pedagógica aboga por dejar que los niños se aventuren más. Se lo contamos. Por Carlos Manuel Sánchez / Fotogrfía: Peter Yang

Se acuerda del plinto, aquel aparato de gimnasia de los colegios de hace unas décadas? Era una pirámide de cajones super-puestos donde había que dar la voltereta a riesgo de torcerse el cuello. Daba ‘miedito’. Los coscorrones podían ser tremendos. Y hacer cola para saltarlo era una experiencia inquietante.

Si se acuerda, es que usted estudió en tiempos de la EGB… Y sobrevivió. Como sobrevivió a los balonazos en el patio de recreo donde cientos de niños jugaban media docena de partidos simultáneos. Y al parque infantil erizado de trampas, como aquellos toboganes de una altura imponente. Y a los porrazos en el suelo de gravilla… Lo más probable es que sea usted un baby boomer tardío o pertenezca a la generación X, la última que jugó en la calle. Así que enhorabuena, es usted un superviviente. Pero reconózcalo, tampoco era para tanto…

Las siguientes generaciones se han ahorrado bastante de ese ‘sufrimiento’. Usted se lo ha ahorrado a sus hijos, con la mejor intención, por no exponerlos a peligros innecesarios. Y los ayuntamientos, a sus ciudadanos; y los colegios, a sus alumnos por no exponerse a querellas. Pero sus hijos ya no son unos supervivientes. Porque no tienen que gestionar el miedo, ni enfrentarse a solas a una amenaza, ni explorar por su cuenta ni evaluar de manera realista su destreza ante la probabilidad de romperse la crisma… Tampoco pueden sacar pecho por haber superado cada obstáculo. Están vivos, sí, pero no han necesitado probarse. La pregunta es. ¿estamos privando a los niños, presuntamente por su bien, de algo fundamental para su educación?

Los niños nacidos desde los años noventa en los países desarrollados son los que más atención han recibido de sus padres en la historia. Es un fenómeno global cuyas consecuencias empiezan a verse ahora, cuando los millennials han ido haciéndose adultos. Y los trastornos por ansiedad, las depresiones, las conductas inmaduras y el narcisismo se han incrementado de manera notable. ¿Hay una relación entre nuestra obsesión por la seguridad infantil y estos problemas? Muchos expertos así lo creen. Algunos autores hablan incluso de una «epidemia» de sobreprotección paterna. Y en los últimos años se está produciendo una reacción contra los estilos de paternidad demasiado controladores.

Seguros pero aburridos

Hay expertos que incluso sostienen que los menores «tienen derecho» a correr ciertos riesgos. Y que la sociedad debe encontrar un equilibrio para proporcionarle un entorno protegido sin arrebatarles ese derecho. «Los niños necesitan enfrentarse a peligros y superar sus miedos», explica la psicóloga noruega Ellen Sandseter. «Los parques infantiles son cada vez más seguros, pero también más aburridos. Y los niños tienen que divertirse cuando juegan. Ellos toman riesgos de una manera progresiva, a su ritmo. Muy pocos intentan subirse a lo más alto de una estructura la primera vez. Así que lo mejor es dejarles que vayan probando su habilidad y cogiendo confianza».

¿Y si se caen o se lastiman? Paradójicamente, una mala caída no hace que el niño le coja miedo a las alturas. El miedo a la altura se coge por no haberse subido nunca a un árbol, igual que el miedo a manejar un cuchillo, a montar en bici, a encender un fuego… Y los miedos enquistados por habilidades que no se dominan se convierten a la larga en fobias. «Desde un punto de vista evolutivo no parecería que un niño que se arriesga esté mejor adaptado para sobrevivir. Pero es así. Los juegos peligrosos no han sido eliminados por la selección natural porque sus beneficios compensan el peligro. Los niños ganan autoestima y paciencia, se sobreponen al fracaso y la frustración… En realidad, la exposición gradual a los peligros imita a las terapias de conducta contra la ansiedad», argumenta Sandseter. La clave es el control de las emociones. En los juegos peligrosos, la exposición al miedo en pequeñas dosis ayuda a que los niños aprendan a no perder la cabeza en situaciones de estrés. En los juegos bruscos y peleas aprenden a controlar la ira, como hacen los cachorros de casi todos los mamíferos.

 

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